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Cambio climático: Es la hora de la política

May 23rd, 2007 by Ignacio Perez-Arriaga, Comillas University

Una vez que la existencia del cambio climático y la gravedad de su impacto han sido ya firmemente establecidos por los miles de científicos que han trabajado bajo los auspicios de las Naciones Unidas durante los últimos años en el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático ¿qué se precisa para hacer frente eficazmente a este grave problema global?

El principal reto actual en la lucha contra el cambio climático es diseñar la naturaleza y grado de los compromisos que habrán de asumir los distintos países, sobre todo los grandes emisores de gases de efecto invernadero (GEI). Estos compromisos deben ser tales que todos estos países relevantes estén dispuestos a sumarse a un esfuerzo global que sea suficiente para limitar el impacto de la interferencia humana en el clima a un nivel aceptable.

En 1992 prácticamente todos los países suscribieron el Convenio Marco para el Cambio Climático, cuyo objetivo fundamental es prevenir una interferencia humana peligrosa sobre el clima. Un grupo importante de países, pero en el que faltan algunos clave, como Estados Unidos o Australia, han ratificado el Protocolo de Kyoto, que entró en vigor en 2005 y por el que el grupo de los más desarrollados, en conjunto, se compromete a reducir para 2012 las emisiones de GEI, respecto a las que tuvieron en 1990, en un porcentaje cercano al 5%. Las estimaciones más recientes indican que será preciso que los países más desarrollados reduzcan del orden del 30% en el 2020 y de un 70% en el 2050 las emisiones respecto a los valores de 1990, y que el resto de los países se sumen en la medida de sus posibilidades, si no queremos arriesgarnos a que las consecuencias sean catastróficas. El reto es, por tanto, conseguir que todos los países se unan en un esfuerzo común y muy superior al realizado hasta la fecha. Debido a las enormes diferencias entre los países en lo que respecta a sus emisiones históricas y per cápita, su estado de desarrollo, su vulnerabilidad al cambio climático, sus recursos energéticos, su clima o su capacidad de reducción de emisiones de GEI, tanto el actual Protocolo de Kyoto como el futuro acuerdo han de partir del principio de “responsabilidad común pero diferenciada”.

Para contribuir a la definición del futuro régimen del clima, cerca de cien especialistas de todas las regiones del mundo, pertenecientes a administraciones públicas, empresas, universidades y organizaciones de la sociedad civil, se han reunido en Madrid los días 11, 12 y 13 de Abril, en el Foro sobre Estrategias Globales para el Clima más allá del 2012 (ver www.iit.upcomillas.es/gcs2012). En la reunión se han identificado los siguientes puntos de consenso sobre cuáles deben ser las bases del acuerdo que sustituya o dé continuidad al Protocolo de Kyoto.

Hay un consenso general sobre que el régimen futuro del clima debe basarse en cuatro pilares fundamentales:
- aplicación masiva y difusión de las mejores tecnologías existentes, a la par que un esfuerzo en I+D en las nuevas tecnologías más prometedoras;
- mecanismos de mercado de ámbito internacional para que se empleen los medios más eficientes de reducción de emisiones en todo el mundo;
- detener e invertir la deforestación, que es causa de cerca de las dos terceras partes de las emisiones de GEI en algunos países en desarrollo;
- y, como complemento imprescindible de las anteriores medidas de mitigación, medidas preventivas de adaptación al impacto en diversos ámbitos del ya inevitable cambio climático, sobre todo en los países en desarrollo, que son más vulnerables.

Cada uno de estos elementos tiene una dimensión nacional –qué medidas aplicar en cada país- y otra internacional –cómo deben combinarse en un acuerdo global-.
Se constataron las limitaciones –corto ámbito temporal, dificultad de fijar compromisos y de extenderlos a todos los países, probable insuficiencia del precio resultante del carbono para promover el cambio tecnológico-, así como las contribuciones a un futuro régimen–gradualismo, diferenciación por países, flexibilidad y mecanismos de mercado que alcanzan a los países en desarrollo- del Protocolo de Kyoto. Se considera conveniente aprovechar sus elementos esenciales, por ser un instrumento ya implantado con éxito por un amplio grupo de países, y por su potencial como núcleo integrador de otros mecanismos o de otros mercados separados que podrían interaccionar entre sí.

Se pusieron de manifiesto dos tendencias, que son compatibles, respecto al énfasis en el planteamiento del marco general del futuro régimen del clima. La primera o de “arriba abajo”, en línea con una extensión mejorada del Protocolo de Kyoto, estaría basada en objetivos comunes a largo plazo de reducción de emisiones, con asignaciones diferenciadas de compromisos a los países de acuerdo a sus circunstancias. Se reconoce que un acuerdo global en estos términos, aunque idealmente permitiría coordinar los esfuerzos individuales en un objetivo común, sería previsiblemente muy difícil de conseguir, que los objetivos fijados a priori podrían ser poco realistas, y que aunque darían lugar a un precio global del carbono, éste sería posiblemente demasiado débil como para promover el necesario desarrollo tecnológico. La segunda tendencia, de “abajo a arriba”, consistiría en una multiplicidad de iniciativas nacionales o regionales, factibles y acordes con las características de cada país, que incluso podrían estar coordinadas de forma flexible bajo un paraguas del tipo Protocolo de Kyoto. Aquí la dificultad estriba en asegurar que colectivamente se conseguirá una reducción de emisiones suficiente y que los esfuerzos de los distintos países sean verificables y equiparables. No obstante, se considera que estos acuerdos regionales e iniciativas individuales podrían ser el paso intermedio para un acuerdo global medioambientalmente eficaz y económicamente eficiente. En todo caso se admite la conveniencia de contar con un objetivo común de largo plazo simple de entender –aunque su carácter sea más indicativo que normativo-, como el establecido por la Union Europea de no superar 2ºC de calentamiento medio sobre la época preindustrial.

Se reconoce que el liderazgo en la asunción de compromisos de reducción de emisiones corresponde a los países desarrollados, y que debe evitarse el diferir al futuro lejano unos compromisos ambiciosos, mientras que a la vez no se introducen ahora las medidas eficaces que ya están disponibles. Los países en desarrollo podrían comenzar por adoptar objetivos no vinculantes, referidos bien a la economía en general o a sectores específicos. Se constata que muchos países están aplicando ya medidas eficaces. Así, Europa lidera el comercio de emisiones y China y Japón están consiguiendo buenos resultados en eficiencia energética. Estados Unidos de America es un semillero de iniciativas de numerosas empresas y estados y, finalmente, el cambio climático ocupa un lugar destacado en la agenda del nuevo Congreso.

Se coincide en que en todos los países, pero en especial en los menos desarrollados, las políticas de mitigación y adaptación al cambio climático deben integrarse con las políticas de desarrollo sostenible, de energía y de transporte. Y los objetivos y recursos para la adaptación deben situarse al menos al mismo nivel que los de reducción de emisiones.
En definitiva, la clave del paso a una economía global baja en carbono es la tecnología. Para conseguir la necesaria transformación tecnológica, el precio del carbono probablemente no será una señal económica suficiente y se necesitarán mecanismos y políticas públicas específicas, de ámbito nacional o regional: instrumentos de apoyo a las tecnologías más prometedoras libres de carbono, sin que ello signifique escoger prematuramente ninguna de estas tecnologías; incentivos para la eficiencia energética en sectores difusos clave, como el transporte y la edificación; la transferencia de tecnología apropiada y la financiación adecuada de todas estas actuaciones, en el caso de los países en vías de desarrollo, procedente de los países desarrollados.

Las empresas privadas deben jugar un papel significativo en todo este proceso, tanto como proveedoras de tecnologías y productos innovadores, como agentes de cambio y también de financiación. Pero para ello exigen a los gobiernos credibilidad y claridad en sus objetivos, ambos necesarios para crear el clima necesario de estabilidad y seguridad en las inversiones.

Lo expuesto en el Foro invita al optimismo –todavía podemos, si aunamos esfuerzos- pero con realismo –se trata de una arquitectura de consenso mundial sin precedentes en su complejidad y en la magnitud del empeño-. Y tal vez, como dijo una de las participantes en el Foro, “el acuerdo, más que construirlo, hay que tejerlo”. Es la hora de la política.

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